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Adoración · 8 de septiembre, 2026

Alabanza con sentido

Adoración: mucho más que música

Beker FigueroaPastor de Adoración4 min de lectura
Congregación reunida durante el servicio de adoración

Cuando escuchamos la palabra adoración, casi siempre pensamos en música: una melodía hermosa, un canto que nos conmueve, los ojos cerrados y una emoción profunda. Pero ¿es eso realmente adorar? Podemos cantar una canción completa sin pensar realmente en sus palabras. La música pudo emocionarnos, pero nuestro corazón quizá nunca se detuvo a reconocer a Dios.

La adoración bíblica comienza precisamente allí: cuando reconocemos quién es Dios y respondemos a Él por lo que es y por lo que ha hecho. La música puede ayudarnos a expresar esa respuesta, pero no es su origen ni su límite. En realidad, el ser humano habla de lo que le gusta, promueve lo que valora y adora aquello que ama.

Pablo y Silas lo entendieron en una de las circunstancias menos apropiadas para cantar. Estaban encarcelados, heridos y sujetos con cadenas cuando, a medianoche, comenzaron a orar y entonar himnos. Hechos 16:25 dice que los demás presos los escuchaban. No tenían templo, escenario, instrumentos ni equipo de sonido. Tampoco esperaron a que sus circunstancias mejoraran. Su adoración surgió de un corazón que seguía reconociendo la grandeza de Dios en medio del sufrimiento.

Nadie necesita talento musical para ser un verdadero adorador. El canto es una herramienta valiosa, pero la adoración no depende de una buena voz. Podemos cantar sin adorar y también podemos adorar sin cantar. La pregunta decisiva no es cuánto sentimos, sino qué lugar ocupa Dios en nuestro corazón.

Jesús enseñó en Juan 4 que los verdaderos adoradores adoran al Padre “en espíritu y en verdad”. La adoración genuina no rechaza la emoción, pero tampoco permite que sustituya a la verdad. Involucra el corazón, pero un corazón guiado por el Espíritu Santo y formado por la Palabra de Dios. Por eso, cuando cantamos, debemos preguntarnos: ¿lo que estoy diciendo acerca de Dios es verdadero? ¿Estas palabras reflejan lo que las Escrituras enseñan acerca de Él?

Adoramos a Dios porque Él es Dios. Es santo, justo, bueno, fiel, amoroso y misericordioso. Su carácter no cambia con nuestras circunstancias. Cuando todo marcha bien, Él es digno; cuando atravesamos una prueba, continúa siendo digno. Conocerlo nos libera de una adoración que depende del estado de ánimo. No adoramos solamente por lo que esperamos recibir, sino porque hemos comprendido quién está delante de nosotros.

También lo adoramos por Sus obras. Él nos creó, nos sostuvo y nos mostró Su gracia. Sobre todo, envió a Su Hijo Jesucristo para morir por nuestros pecados y ofrecernos perdón, reconciliación y vida eterna. El salmista declara: “Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable” (Salmos 145:3). Luego invita a cada generación a celebrar Sus obras y anunciar Sus poderosos hechos. La adoración, por tanto, también es memoria: recordar lo que Dios ha hecho, reconocer Su intervención y proclamar Su bondad.

Esta verdad debe orientar la música que cantamos en la iglesia. Una canción de adoración no existe solo para crear un ambiente o producir una emoción. Sus palabras enseñan y forman nuestra comprensión de Dios. Por eso, su contenido importa.

Pablo escribió: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros”, y enseguida relacionó esa exhortación con cantar salmos, himnos y cánticos espirituales (Colosenses 3:16). La Palabra de Dios debe habitar primero en nosotros para después expresarse en nuestras canciones. Quien escribe para la iglesia necesita conocer las Escrituras; quien dirige la adoración debe comprender lo que canta; y quien participa debe hacerlo con entendimiento.

Una canción puede hablar del carácter de Dios, de Su santidad y justicia, de Su amor y misericordia, del sacrificio de Cristo, de nuestra necesidad de redención o de la esperanza de la vida eterna. Incluso cuando hable de nosotros, debe ayudarnos a ver nuestra historia desde la perspectiva de Dios. Si el centro permanece únicamente en nuestros sentimientos, deseos o aspiraciones, corremos el riesgo de cantar acerca del ser humano cuando deberíamos estar exaltando al Señor.

La excelencia musical tiene valor. Una melodía bien construida puede servir a la verdad y ayudarnos a recordarla. Sin embargo, la belleza musical nunca puede sustituir la verdad bíblica. La música debe estar al servicio del mensaje, no competir con él. Su propósito no es simplemente conmovernos, sino conducirnos a contemplar la grandeza de Dios y responder a ella.

Por esa razón, la adoración no comienza cuando suena la primera nota ni termina cuando se apaga la música. Se extiende a la vida entera. Adoramos cuando oramos, obedecemos, servimos, proclamamos la verdad y tomamos decisiones que honran el nombre de Dios. La canción del domingo pierde su sentido si nuestra vida de lunes a sábado contradice lo que cantamos.

El Salmo 150 convoca a alabar a Dios con numerosos instrumentos y concluye con un llamado que nos incluye a todos: “Todo lo que respira alabe a JAH”. Los instrumentos tienen un lugar legítimo, pero son medios para expresar una realidad más profunda: el reconocimiento de que Dios es digno.

Digno por quién es. Digno por lo que ha hecho. Digno porque nos creó, nos amó y envió a Jesucristo para redimirnos.

Por eso, cuando cantemos, cantemos con entendimiento. Cuando hablemos de Dios, hagámoslo conforme a Su verdad. Y cuando lo adoremos, asegurémonos de que Él, y no nosotros, sea siempre el centro.

A Dios sea toda la gloria, toda la honra y toda la alabanza.

Beker Figueroa

Pastor de Adoración